Numerosos artistas y filósofos han venido considerando la forma como el elemento esencial, superior, espiritual del arte. El contenido, por ende, ha sido relegado a elemento secundario, imperfecto e insuficiente, ya que toda materia tendería a la realización máxima, esto es, a disolverse en la forma, a hacerse forma. La forma se ve entonces como la "idea" de Platón, un principio espiritual de orden que legisla sobre la materia. Esta concepción fue elaborada por Tomás de Aquino, para el cual todos los seres actúan en función de un propósito metafísico final. Todos los seres tienden hacia su fin, a través de un orden establecido por Dios; son imperfectos, aunque en ellos existe un deseo de perfección. La forma se torna así en un principio activo; la acción de la materia hacia su perfección.
¿Es o no verdad que toda materia tiende hacia su forma definitiva?
Se supone que los cristales poseen la forma más perfecta de la naturaleza inorgánica, a tal punto que su ordenamiento ha sugerido a no pocos pensadores ya un origen divino para los mismos, ya verlos como el resultado de una naturaleza creadora. Sin embargo, no es un retículo especial metafísicamente predeterminado quien asigna a los átomos su lugar en el cristal, determinando, por ende, la forma final del mismo. Por el contrario, la disposición regular de los átomos está enteramente determinada por sus propiedades; lo que se designa como "retículo espacial" no es más que la relación espacial específica entre átomos específicos. Por ende, todo cambio en la sustancia provoca cambios en el retículo. Este retículo-forma entonces, no es estático, no representa ningún orden metafísico. Los átomos de un cristal no están en reposo, sino en constante movimiento vibratorio, producido por los cambios de temperatura. Cuanto más elevada es la temperatura, más aumenta el movimiento y la distancia entre los átomos dentro del retículo cristalino. La expansión del retículo implica la expansión de todo el sistema cristalino, lo que da como resultado un cambio de la forma del cristal. Al llegar a un punto dado, la fusión o la metamorfosis que sucede responde al cambio de cantidad en calidad: la estructura cristalina se transforma o desaparece completamente.
Un cristal no es, como vemos, una forma acabada o definitiva, no es la encarnación de la "idea" rígida de la forma, sino el resultado efímero de una serie de modificaciones de las condiciones materiales. Cada átomo del cristal tiene su propio radio de acción, sus necesidades de espacio, que no son constantes sino que varían cuando cambian las condiciones y se rigen por la dialéctica de la interacción. La simetría de los cristales tampoco es una creación del retículo cristalino bajo un orden metafísico. Es el producto de relaciones específicas entre átomos específicos que, lejos de un esfuerzo o un "deseo" de forma, responde a la tendencia al equilibrio máximo y a la conservación de energía. Lo que llamamos simetría no es más que la expresión de un estado energético más o menos estable.
Continuará...
Extraído de Fischer, Ernst: La necesidad del arte, Barcelona, 1994. Cap. IV: "El contenido y la forma", pág. 137.